Agustín Gainza

Si como afirma el dicho, todos los caminos llevan a Roma, en plena Calle Ocho, a la altura de la 17 avenida, en el corazón de la Pequeña Habana, los carteles nos anuncian que hemos llegado a la Taberna del Pintor Agustín Gainza.

Uno de los lugares artísticos más emblemáticos de ese rincón de la Capital del Sol, donde se desborda la cubanía y el color y las figuras toman formas caprichosas, que despiertan la imaginación de quienes lo visitan.

Agustín Gregorio Stuart Gainza nació en La Habana el 28 de noviembre de 1943. Recuerda perfectamente cómo a los 8 años cogió por primera vez un pincel para pintar un dibujo que su madre enmarcó y guardó por muchos años. En su niñez vivió en Ciego de Ávila, era muy ágil con los trabajos manuales o artísticos. Allí le tomó muy aprecio Trinidad, la prima de su madre quien era una mulata increíble y de grandes sentimientos. Con el esposo de esta, aprendió a hacer papalotes, un elemento que se repetiría en muchos de sus futuros lienzos. Su padre diseñaba mosaicos, las losas cubanas de los pisos que aún hoy se pueden ver en muchas casas cubanas. Agustín Stuart se empezó a tomar en serio el arte después de aprobar su examen de ingreso en 1958 en la Escuela de San Alejandro, (que entonces estaba en Belascoaín), donde estudió hasta que en 1959 pasó lo que pasó y se paralizó la escuela. Volvería a reabrirse más adelante, pero él no pudo regresar a clase hasta 1967.

¿Te apoyaron tus padres? y ¿cómo fueron esos años?

- Estuvieron completamente en contra de que estudiara arte, así que me metí en la Escuela de Artes y Oficios, que quedaba cerca de San Alejandro. Sin que ellos lo supieran, estudiaba allí y luego me metía en la otra escuela de pintura de 7 a 11 de la noche. Así hasta que después ya fue demasiado evidente, no podía esconderlo y ya lo aceptaron. Mi primer trabajo fue como dibujante, hacia 1961 en una empresa petrolera, dibujando mapas, suelos, más bien dibujo lineal. Traté de irme del país en el año 64, en un pequeño barquito, casi una balsa rudimentaria, el 18 de agosto me metieron preso. Estuve preso 2 años en la cárcel de menores de Marianao, luego en Güira de Melena y allí trabajé en el jardín. En la cárcel dibujé, pero en las requisas me rompían los bocetos. Yo pintaba la vida cotidiana de la prisión, no tenía pinceles, pintaba en papeles, con borras de café, era algo que me agradaba la vista. En prisión conocí a un maestro de pintura, Pedro Vives, que nunca olvidé, fue emocionante.

Agustín nos habla cómo marcó su vida el paso por la prisión y lo iban sacando de cada trabajo...

- Después de los dos años de prisión entré como maestro en un instituto tecnológico, pero cuando se enteraban de que fui preso me sacaron. El apellido Stuart delataba mi pasado. Trabajé con Padrón en el ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) para pintar dibujos animados, pero se enteraron de nuevo de mi tiempo en prisión y también me corrieron. Me fui un año a Ciego de Ávila. Pensé que ya se habrían olvidado de mí. Volví a La Habana y dejé de utilizar el apellido Stuart para usar mi segundo apellido, Gainza. Empecé a trabajar como dibujante con Antonio Núñez Jiménez en el Atlas de Cuba dentro de la Academia de Ciencias, hasta que se enteraron que había estado preso. Además yo no hacía trabajo voluntario, era muy rebelde y eso tenía consecuencias. Una vez me hicieron un juicio mis propios compañeros, fue muy triste y duro. Pedí mi renuncia.

En ese momento se le ocurrió la brillante idea de volver a entrar en la Escuela de San Alejandro.

Cuéntanos cómo te fue.

- Pude entrar por haber sido alumno anteriormente en 1958 y no revisaron de nuevo mi expediente. Felipe López me enseñó a pintar paisajes. Con él salía a la calle a pintar. Me mandaron a la escuela al campo, y me fui sin saber que estaba viviendo una tremenda depresión.Me salió un trabajo en un taller en la calle Obispo y, para mi gran sorpresa, el que me entrevistó fue el profesor de prisión, Pedro Vives, que me ayudó. Me sentí muy bien. Pasé mucho trabajo, no me sentía artista, hacía unos cuadros pésimos. Es entonces cuando estudié con una profesora que se llamaba María Pepa Lamarque (que me enseñó a pintar flores), con Luis Guas Artiles, y otros. Me pasaba dibujando, pintaba paisajes, flores, era muy poco creativo, pero un día me puse en la calle en la acera a pintar. Vencí el miedo escénico, porque las piernas me temblaban, y mis cuadros empezaron a gustar. Hablé con mi jefe, un día me fui al Parque Central, otro día pinté en la calle 23, frente a La Zorra y el Cuervo, y ya me solté, ya podía pintar donde quisiera. Pinté como un loco en La Habana Vieja, algo que por aquel entonces nadie hacía, también en el río Almendares, en río Cristal, en Cojimar, ¡me encantaba la lanchita de Regla!, y un día que estaba en la calle San Rafael veo que iban a tumbar un edificio, entré por primera vez en un solar. Me encantó el ambiente como artista, visualmente era maravilloso. Empecé a pintar solares, y me sentía que me querían. Pinté un solar gigantesco que es donde estaban los almacenes de la Casa de Beneficencia.

Yo viajaba en la guagua de la ruta 54 y una mujer con la que siempre coincidía me dijo que había un trabajo en la Administración Metropolitana de La Habana, que era como la alcaldía. Me aceptaron mi traslado y empecé a trabajar en la calle, plasmando todo lo pintoresco, entre otras La Bodeguita del Medio… allí conocí a Alejo Carpentier. Mi primera exhibición la hice en 1970 y ya empezaba a firmar como Gainza, el apellido de mi madre que se había marchado a Estados Unidos. En 1976, 77 y 78 empezaron a recogerme, cuando se dieron cuenta de que Gainza y Stuart eran la misma persona. Por ejemplo, en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes al único pintor al que no le permitieron participar fue a mí. Mis cuadros los compraban las tripulaciones de Iberia, los húngaros, los turistas… a veces cambiaba mis pinturas por unos jeans o comida…  En 1978 crearon lo que se llamó la reunificación familiar que permitía salir los expresos políticos. Fue el momento en que me dije: “Me voy”. Fue una situación terrible. Me insultaron. A Miami llegué un año antes del Mariel, el 22 de abril del 79. Aquí el arte estaba en pañales. En una galería de Coral Gables tuve mi primera exposición. La primera entrevista me la hizo Leticia Callava.

En este mes de abril, Agustín Gainza está cumpliendo 40 años en Estados Unidos. Desde entonces no ha parado de hacer exposiciones y participar en festivales. Estuvo en Canadá pero no soportaba el frío. Se suele decir que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer, y él no es una excepción. Un buen día, en Hialeah conoció a Esther y se casaron a los 6 meses. Su larga carrera y sus continuos proyectos han sido un largo caminar juntos y así mismo él lo reafirma...  - Esther es mi esposa, mi amiga, mi compañera, mi mejor crítica. Cuando ella coge una escoba es cuando más crea...

Agustín, ¿cómo es tu arte?

- Es figurativo, trabajo mucho con la figura humana y el paisaje. Este estilo lo empecé desde que pintaba en La Habana. Me encantaban los impresionistas, en especial Matisse, Gauguin, Cézanne, Degas, me gusta Sorolla, Velázquez de donde salen las Moninas, (no las Meninas), quería hacer algo referido a las mujeres de blanco, empecé con la novia, pero pensé mejor esperar… lo dejé para más adelante…

La cubanía es continua en tus obras y se ven llenas de añoranza.

-Yo amo a mi país profundamente, yo me siento no solo un pintor cubano, me siento un pintor habanero, y cuando llegué aquí al exilio lo primero que pinté fue un solar, y gustó mucho para mi sorpresa. Pinté guaguas que también gustaron mucho.

Pero mi arte lo compran no solo los cubanos, también los americanos… fui muy bien recibido en aquella época. La mejor exhibición que he hecho en mi vida fue en Puerto Rico, me sentí querido y respetado. He hecho exhibiciones en Oviedo, en París, en Washington, en Nueva York... Uno tiene que divertirse con el arte, el espectador intuye los sentimientos, el corazón que uno pone en cada obra.

La comicidad y la picardía son una constante…

- Me gusta comunicarme con el cuadro, yo tengo una interrelación con los personajes, cuando pinto a unos músicos solo les falta que suenen los instrumentos. ¡El mundo hoy en día está tan trágico, es tan amarillista!, Mi pintura tiene que ser amor, alegría, paz, tranquilidad, un poco de felicidad. Un pintor tiene que ser creador. Cuando yo pinté la catedral de La Habana, quise que tuviera su historia, y pinté el cuadro que se llama Al fin se casó Catalina y está ahí con su españolito. En La Taberna del Pintor Agustín Gainza los sábados tienen música en vivo, algunos cenan platos típicos y otros degustan un buen vino. La idea de la taberna fue de Esther y Agustín nos cuenta lo bien que ha resultado el unir la taberna y galería, porque la gente le pierde el miedo a entrar en una galería. Agustín coge una botella, un plato, y los convierte en arte. Cada plato y tacita de café está pintado. El arte se convierte en una buena excusa para compartir con los amigos y disfrutar una noche inolvidable.
Mientras la gente se divierte, en sus lienzos y cerámicas, Matías Pérez sigue volando en su globo, en las guaguas habaneras no cabe un alfiler, la música ambiental ensordece el sonido del lavado de ropa en la batea del solar, los papalotes se reflejan en las botellas convertidas en lámparas o linternas coloridas, sus moninas se peinan con cuidado, mientras se alisan el cabello... Ahora que hay tanta tecnología le pedimos a Agustín su consejo para el joven artista del siglo XXI. Sonríe y nos dice en firme:

- Creer en él. Tener fe en sí mismo. Tener mucha disciplina. Tener deseo de llegar a ese punto luminoso lejano, pero si te lo propones, llegas. Este país brinda muchas oportunidades.

Agustín, ¿te falta algún sueño por cumplir?

- El próximo cuadro.

Horario de La Taberna del Pintor Agustín Gainza

  • Lunes a viernes de 11 am a 6 pm
  • Viernes Culturales de 7 pm hasta el cierre
  • Sábados de 11 am a 4 pm y de 8 hasta medianoche

También se organizan fiestas privadas.

 

 

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